LA NOTICIA DE LA SEMANA

Glencore, cobre y la promesa del “motor global”

Argentina vuelve a coquetear con la épica minera y esta vez no es con litio sino con el viejo y querido cobre, ese metal que sostiene desde los cables del enchufe hasta la fantasía de electrificarlo todo sin que se nos caiga el Wi-Fi.

La multinacional suiza Glencore anunció que acelera con dos transatlánticos: Mara (Catamarca) y El Pachón (San Juan), cobijados bajo el RIGI —esa frazada legal que promete estabilidad fiscal y, con suerte, menos insomnio cambiario—; números que marean: US$ 4.000 millones para Mara, US$ 9.500 millones para El Pachón, con posibilidad de estirarse hasta US$ 20.000 millones si el viento sopla a favor y el Excel no entra en pánico.

El plan suena a “resurgir de la minería industrial”: reutilizar lo que dejó Alumbrera para producir en 2031, y empujar infraestructura pesada en San Juan de cara a 2033/34.

Mientras tanto, el CEO local, Martín Pérez de Solay, pone la vara alta: la demanda global trepa, el reciclaje no alcanza, Chile y Perú miran minas maduras como quien revisa un álbum de fotos, y Argentina —que hoy no produce ni un gramo— podría sumar 2 millones de toneladas en la próxima década.

En criollo: todo lo que salga será incremental, como cuando uno abre una cuenta de ahorros después de años guardando los billetes en el cajón de las medias.

¿La letra chica? Proyectos gigantes, decisiones que se toman cada muerte de obispo, y la necesidad de alianzas con mineras e inversores estatales de Asia y Europa. Es decir: capital paciente, cronogramas largos, y una economía local que necesita dólares ayer. Si todo esto se cumple, habrá empleo, obras y divisas; si no, tendremos presentaciones de PowerPoint muy lindas y un déjà vu minero con gusto a empanada fría.

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Cobre como vector de electrificación; RIGI como paraguas; 2031–2034 como ventana de producción; y la eterna moraleja argentina: sin reglas claras y previsibilidad, hasta el mejor yacimiento se convierte en mito serrano.

OTRAS NOTICIAS

Gas de Vaca Muerta cruzando fronteras (y prejuicios)

Petrobras metió primera y por primera vez importó gas no convencional argentino de Vaca Muerta hacia Brasil, con una logística tan sudamericana que duele de lo hermosa: Argentina → Bolivia → Brasil por gasoductos.

El primer envío fue de 100.000 m³; el acuerdo permite importar hasta 2 millones de m³ (interrumpible, como nuestro amor por las tarifas congeladas), y la empresa lo vende como un paso para aumentar la oferta y bajar precios en el mercado brasileño. Políticamente, calza a medida de Lula, que viene pidiendo más gas para la industria y la clase media.

Dato para entendidos: no es la primera vez que Brasil compra gas de Vaca Muerta; en abril TotalEnergies ya había mandado moléculas hacia Matrix Energia en São Paulo —500.000 m³/día por 10 días—, pero lo de Petrobras es institucional y, por lo tanto, más ruidoso.

También es la confirmación de una geografía energética que empieza a ordenarse: cuando hay infraestructura y acuerdos, la región funciona; cuando no, aparecen los barcos de GNL con la puntualidad de un cobrador de expensas.

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Vaca Muerta no es sólo un mantra en PowerPoints; con caños, reglas y coordinación, se vuelve exportación real. Y sí, que el gas argentino ayude a bajar el precio en Brasil es, a la vez, halago y recordatorio: la competitividad también se construye puertas adentro.

CIERRE SIN MORALEJA (PERO CON GUIÑO)

Entre cobre que quiere ser futuro y gas que ya es presente, la semana dejó una escena conocida: el potencial argentino a punto caramelo y la región mirando de reojo para ver si esta vez cumplimos el horario.

Ojalá que el próximo capítulo no sea otra “gran promesa” sino ese aburrimiento productivo que tanto envidiamos: cronogramas que se cumplen, dólares que llegan y puentes que se inauguran sin cinta de cotillón. Mientras tanto, seguimos tomando nota —y mate.

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